martes, 26 de enero de 2016

Toreros y cebreros

El torero Francisco Rivera colgó ayer en Instagram una foto en la que toreaba a una vaquilla con su hija de pocos meses en brazos. Alega, por un lado, que es una tradición familiar, pues su padre también lo hizo con él en su día, y por otro que su hija no va a estar más segura en ningún sitio que en sus brazos porque él es un profesional.








A mí me parece una barbaridad y, como mínimo, algo innecesario. Los profesionales también cometen errores, de hecho sufren muchas cogidas que ponen en peligro su vida. Por mucho que fuera una vaquilla y que él presuma de controlar la situación, estaba exponiendo a su pequeña para nada, sin ningún tipo de sentido más que compartir una foto con la que provocar a un montón de gente que aborrece la tauromaquia porque es incapaz de comprender su sentido (y entre la que yo me encuentro).

Rivera ha vuelto a demostrar que no tiene dos dedos de frente. No solo por protagonizar la escena de la imagen -¿habrá hecho la foto la madre? ¿qué pensará ella de eso?-, sino por retratarla y compartirla. Y ya ni hablar de los razonamientos que ha esgrimido luego, diciendo que él es torero "por la gracia de Dios". O de los de sus defensores, como El Codobés, que se ha preguntado qué hay de malo en enseñar a sus hijos una profesión que aman y que está "llena de valores" (¿por ejemplo...?).

Recordemos que el padre de este hombre murió en los ruedos, que él estuvo a punto este mismo verano y que, por lo que se ve, no le importa arriesgarse a que su hija corra el mismo peligro. Y, sobre todo, recordemos que él ha matado mil y un toros, que a eso se dedica. Como reflexión final casi diría que haga lo que quiera con su vida y con su niña, pero que no nos lo muestre, mejor ignorar que hay quien es capaz de hacer y decir ciertas cosas.


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